Padecía de ingratitud severa y murió de una sobredosis de egoísmo fulminante




























17 de abril de 2009

Sin hadas ni duendes


Hay un enorme espejo que me espera
colgado de un antiguo muro de piedra
que finge ser sordo mudo.
En cada cita,
una lid enajenada intenta rescatar del caldero de los miedos
la cordura...
Luego, y por instantes benignos
sueño con campos de arroz o floridos
y una infima tregua me divide entre la angustia y la razón

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Es la paradoja de la vida mi querida Elba. Lo importante, lo que en realidad vale , a pesar de espejos, muros o Atilas o lo que sea...es que en el momento de la verdad absoluta, del estar, siempre encontrarás una mano extendida , un hombro, para sostenerte y un corazón palpitando en la cuenca de tus manos. Yo

Hecha de silencios dijo...

Gracias es una palabra pequeña pero te resume.