Padecía de ingratitud severa y murió de una sobredosis de egoísmo fulminante




























2 de septiembre de 2012

Colgados de un delirio
¡Quien sabe que es el amor!…Ese que muta y se refleja más de una vez en las pupilas, algunas en la piel que nos abrasa en una hoguera que quema y abraza en un recodo cualquiera En un instante plañidero, ufano o doloroso, o en una máscara que se adhería  a la piel que cohabita con antiguos clavos, como testigos de primera fila, impregnada esta a la cascara vacía de la tés que le convida el abrigo donde nadie adivina la mutua entrega. A  veces, como ponzoña ajena, que envenena y encarroña el mismo corazón que lo profiere. Yo, al menos, nunca sabré el por qué, ¿Si mi abrazo y mi beso no llegaron hasta ti, si tu abrazo y tu beso no  llegaran hasta mi. Si no llegaron los unos y los otros al lugar común, en una playa con nuestros nombres, con nuestras propias arenas ¿Por qué se quedan entonces colgados los brazos, como vestidos de gala que esperan la ocasión especial de ser  celebrados en una noche cualquiera, bajo una luna cualquiera, con un pretexto que no llega, bajo cualquier aplauso, bajo cualquier telón o primavera. ¡Esperamos al amor… pero... ¿Que es el amor que puede sobrevivir asido al pecho de una quimera? ¡Jamás lo sabrémos! Existen tantas cosas que a mis años y como gritos ocultos que no llegan a pesar de las ojeras, no llegamos  a comprender sobre nosotros mismos, que mal podría entonces comprender la magnitud del sentimiento ese, que viene y va a voluntad, como si quien sabe quién y como   guía los hilos como a las  marionetas sin devolver la punta de la madeja .
 E. B.

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