Padecía de ingratitud severa y murió de una sobredosis de egoísmo fulminante




























2 de septiembre de 2012

Miel y demonios
Hoy anduve de paseo por el arcón de mis viejos ausentes. Es una sana costumbre hacerlo cuando me visita la tristeza y con impertinencia pretende quedarse hasta el tedio. De allí tomo lecciones de vivencias con sus moralejas y eso me basta y me puebla. Cuando vengo de regreso, voy tarareando la cancioncita de optimismo que llevo en la sangre, heredado de la condesa de De León, cuyos ojos grises vespertinos contrastaban con sus ojos esmeraldas cuando el alba le invitaba a retar el día. Y entonces llega Margarita, esa parte de mí que me defiende del mundo haciendo dupla con mi unicornio azul. Luego, en aquel momento eufórico, hasta puedo bailar debajo de una rueda, desdeñando irreverente, el alma del cisne negro; Cocer y servir a las hienas la cola de una sirena, ignorando su canto o su lamento. y pactar con los demonios la mejor manera de pacer entre brujas llenando mi canasta de frutos dulces con la mejor miel, prescindiendo, eso sí, y por un rato, del aguijón sus abejas.

Hechadesilencios

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